Si estás buscando historias pesadillescas para tus hijos este post sobre 10 relatos de terror para niños deberá ser de tu interés. Apaga las luces y cuenta unas divertidas y aterradoras historias para los más jóvenes, son escalofriantemente entretenidas. 

10 relatos de terror para niños 

1.El perro aterrado

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 Érase una vez un perro llamado Kutta que vivía en una gran ciudad de la India. No tenía dueño y se dedicaba a vagar por las callejuelas olfateando todas las esquinas, casi siempre buscando algo para comer. Su vida era tan solitaria que solía recurrir a la imaginación para hacerse una idea de cómo eran las cosas, de cómo funcionaba el mundo. Se puede decir que Kutta se pasaba el día haciendo conjeturas de esto, lo otro y lo de más allá.

Por ejemplo, si una señora lanzaba a la vía pública las sobras del caldo, él pensaba:

– ‘¡Oh, qué generosa es esa mujer! Seguro que me ha visto, se ha dado cuenta de que tengo hambre, y muy amablemente ha tirado los huesos para que yo me los zampe.’

O si un chaval arrojaba un palo al aire, sonreía y se decía a sí mismo:

– ‘¡Qué chico tan simpático! Lo lanza lejos porque sabe que a los perros nos encanta ir a buscar palitos y pelotas. Estoy convencido de que lo que quiere es jugar conmigo y que si pudiera me adoptaría.’

Kutta veía la vida a su manera, desde su punto de vista particular, y era feliz.

——–

Sucedió que un día pasó por delante de una verja que servía para delimitar un espléndido jardín. Casualmente, el portón de entrada estaba abierto de par en par.

– ¡Oh, qué sitio tan bonito! … ¡Y no parece peligroso! Daré una vueltecita a ver qué encuentro.

Kutta entró y se paseó tan campante, como si fuera el señor de la propiedad, entre árboles altísimos y flores exóticas. Por fin, después de un largo recorrido, llegó a un estanque lleno de pececitos azules.  Ante una visión tan encantadora comenzó, como siempre, a fantasear.

– ¡Oh, qué preciosidad! Esto debe ser el paraíso en la tierra porque todo en este lugar es maravilloso. Me apuesto la cena de esta noche a que aquí vive un príncipe.

Rodeó el estanque, cruzó una arboleda, y ante sus ojos apareció un increíble palacio de mármol, coronado por una cúpula dorada que relucía bajo el sol.

– Ma… ma… ¡madre mía, qué pasada de casoplón!

Tras el impacto inicial, a Kutta le faltó tiempo para retomar su manía de sacar conclusiones de todo.

– ¡¿Pero dónde estoy?!… ¡Este lugar es alucinante! A la vista está que el dueño es  alguien muy inteligente porque para conseguir esta mansión hay que ser espabilado y saber cómo ganar mucho dinero.

Jamás había visto nada tan hermoso. Fascinado, siguió haciendo cábalas.

– Lo que está clarísimo es que se trata de una persona elegante, apuesta, de exquisito gusto. ¡Seguro que viste las mejores sedas del país y adora las joyas!

Kutta se moría de ganas de entrar, por lo que dejándose llevar por sus cuatro patas flacuchas se plantó en la impresionante escalinata de la entrada. No vio a nadie y siguió barruntando quién sería el afortunado poseedor de esa casa tan fabulosa.

– No hay duda de que quien vive aquí es una persona muy feliz. ¡Imposible ser desdichado cuando se tiene tanto!… Sí, es innegable que su vida es maravillosa.

Kutta estiró el cuello y subió de puntillas los escalones, actuando como si fuera un tipo distinguido acudiendo a un baile de gala. Al llegar arriba, se sorprendió.

– ¡Anda, pero si esta puerta también está abierta!

Levantó las orejas y solo escuchó el canto de los pajarillos.

– ¡Voy a investigar, pero lo haré muy rápido no vaya a ser que aparezca alguien por sorpresa y me meta en un buen lío!

Kutta pasó a toda velocidad y apareció en un inmenso salón cuyas paredes estaban cubiertas de arriba abajo por muchos espejos diferentes. El pobre nunca había visto ninguno y no sabía lo que eran, por lo que al entrar se encontró un montón de perros corriendo en dirección contraria… ¡hacia donde él estaba! Su reacción fue mostrar los colmillos para infundir miedo a sus enemigos, pero en ese mismo instante, todos los sabuesos levantaron el hocico y también le enseñaron los dientes. Kutta sintió tanto terror que se quedó paralizado, en el centro de la sala, sin ni siquiera pestañear. En medio del pánico se le ocurrió gruñir apretando fuertemente las mandíbulas; la respuesta fue que inmediatamente todos los perros tensaron la cara y le gruñeron a él. ¡Estaba literalmente rodeado!

– Esto es el final… ¡No tengo escapatoria!… ¿O sí?

Movió las pupilas y pudo ver que la puerta estaba a escasa distancia. Sin pararse a pensar ni mirar atrás salió escopetado y apareció en el soleado jardín. Una vez allí corrió y corrió durante al menos cien metros, hasta que se dio cuenta de que nadie le seguía. Entonces, frenó en seco, se giró hacia la fachada del fastuoso palacio, y una vez más empezó a elucubrar.

– ¡Oh, qué raro!… Había por lo menos treinta perros y ninguno me ha perseguido. ¡Eso es porque en el fondo son tan cobardes que no se atreven a salir al exterior!

Kutta se sentó un rato en la hierba para recuperar el aliento y bajar las pulsaciones del corazón. Cuando se encontró más calmado se levantó y tomó el camino de vuelta, completamente convencido de que los perros que había visto en el salón del palacio existían de verdad. Una lástima, porque si se hubiera dado cuenta de su error,  habría aprendido algo muy importante: que la imaginación nos puede jugar malas pasadas y que no podemos pasar el día hablando de lo que no sabemos por la sencilla razón de que las cosas no siempre son lo que parecen.

2.El ogro rojo

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 Érase una vez un ogro rojo que vivía apartado en una enorme cabaña roja en la ladera de una montaña, muy cerquita de una aldea. Tenía un tamaño gigantesco e infundía tanto miedo a todo el mundo, que nadie quería tener trato con él. La gente de la comarca pensaba que era un ser maligno y una amenaza constante, sobre todo para los niños.

¡Qué equivocados estaban! El ogro era un pedazo de pan y estaba deseando tener amigos, pero no encontraba la manera de demostrarlo: en cuanto salía al exterior, todos los habitantes del pueblo empezaban a chillar y huían para refugiarse en sus casas. Al final, al pobre no le quedaba más remedio que quedarse encerrado en su cabaña, triste, aburrido y sin más compañía que su propia sombra. Pasó el tiempo y el gigante ya no pudo aguantar más tanta soledad. Le dio muchas vueltas al asunto y se le ocurrió poner un cartel en la puerta de su casa en el que se podía leer:

NO ME TENGÁIS MIEDO. NO SOY PELIGROSO.

La idea era muy buena, pero en cuanto puso un pie afuera para colgarlo en el picaporte, unos chiquillos le vieron y echaron a correr ladera abajo aterrorizados. Desesperado, rompió el cartel, se metió en la cama y comenzó a llorar amargamente.

– ¡Qué infeliz soy! ¡Yo solo quiero tener amigos y hacer una vida normal! ¿Por qué me juzgan por mi aspecto y no quieren conocerme?…

En la habitación había una ventana enorme, como correspondía a un ogro de su tamaño. Un ogro azul  que pasaba casualmente por allí, escuchó unos gemidos y unos llantos tan tristes, que se le partió el corazón.  Como la ventana estaba abierta, se asomó.

– ¿Qué te pasa, amigo?

– Pues que estoy muy apenado. No encuentro la manera de que la gente deje de tenerme miedo. ¡Yo sólo quiero ser amigo de todo el mundo! Me encantaría poder pasear por el pueblo como los demás, tener con quien ir a pescar, jugar al escondite…

–  Bueno, bueno, no te preocupes, yo te ayudaré.

El ogro rojo se enjugó las lágrimas y una tímida sonrisa se dibujó en su cara.

–  ¿Ah, sí?… ¿Y cómo lo harás?

–  ¡A ver qué te parece el plan!: yo me acercaré al pueblo y me pondré a vociferar. Lógicamente,  pensarán que voy a atacarles. Cuando todos empiecen a correr, tú aparecerás como si fueras el gran salvador. Fingiremos una pelea y me pegarás para que piensen que yo soy un ogro malo y tú un ogro bueno que quiere defenderles.

–   ¡Pero yo no quiero pegarte! ¡No, no, ni hablar!

–   ¡Tú tranquilo y haz lo que te digo! ¡Será puro teatro y verás cómo funciona!

El ogro rojo no estaba muy convencido de hacerlo, pero el ogro azul insistió tanto que al final, aceptó. Así pues, tal  y como habían hablado, el ogro azul bajó al pueblo y se plantó en la calle principal poniendo cara de malas pulgas, levantando los brazos y dando unos gritos que ponían los pelos de punta hasta a los calvos. La gente echó a correr despavorida por las callejuelas buscando un escondite donde ponerse a salvo.

El ogro rojo, siguiendo la farsa, descendió por la montaña a toda velocidad y se enfrentó a su nuevo amigo. La riña era de mentira, pero nadie lo sabía.

–   ¡Maldito ogro azul! ¿Cómo te atreves a atacar a esta buena gente? ¡Voy a darte una paliza que no olvidarás!

Y tratando de no hacerle daño, empezó a pegarle en la espalda y a darle patadas en los tobillos. Quedó claro que los dos eran muy buenos actores, porque los hombres y mujeres del pueblo picaron el anzuelo. Los que presenciaron la pelea desde sus refugios, se quedaron pasmados y se tragaron que el ogro rojo había venido para protegerles.

–   ¡Vete de aquí, maldito ogro azul, y no vuelvas nunca más o tendrás que vértelas conmigo otra vez! ¡Canalla, que eres un canalla!

El ogro azul le guiñó un ojo y comenzó a suplicar:

–   ¡No me pegues más, por favor! ¡Me  voy de aquí y te juro que no volveré!

Se levantó, puso cara de dolor y escapó a pasos agigantados sin mirar atrás. Segundos después, la plaza se llenó y todos empezaron a aplaudir y a vitorear al ogro rojo, que se convirtió en un héroe. A partir de ese día,  fue considerado un ciudadano ejemplar y admitido como uno más de la comunidad.

¡Su día a día no podía ser más genial! Conversaba alegremente con los dueños de las tiendas, jugaba a las cartas con los hombres del pueblo, se divertía contando cuentos a los niños… Estaba claro que tanto los adultos como los chiquillos le querían y respetaban profundamente.

Era muy feliz, no cabía duda, pero por las noches, cuando se tumbaba en la cama y reinaba el silencio, se acordaba del ogro azul, que tanto se había sacrificado por él.

–   ¡Ay, querido amigo, qué será de ti! ¿Por dónde andarás? Gracias a tu ayuda ahora tengo una vida maravillosa y todos me quieren, pero ni siquiera puedo darte las gracias.

El ogro rojo no se quitaba ese pensamiento de la cabeza; sentía que tenía una deuda con aquel desconocido que un día decidió echarle una mano desinteresadamente,  así que una tarde, preparó un petate con comida y salió de viaje dispuesto a encontrarle.

Durante horas subió montañas y atravesó valles oteando el horizonte, hasta que divisó a lo lejos una cabaña muy parecida a la suya pero pintada de color añil.

–    ¡Esa debe ser su casa! ¡Iré a echar un vistazo!

Dio unas cuantas zancadas y alcanzó la entrada, pero enseguida se dio cuenta de que la casa estaba abandonada. En la puerta, una nota escrita con tinta china y una letra superlativa, decía:

Querido amigo ogro rojo:

Sabía que algún día vendrías a darme las gracias por la ayuda que te presté. Te lo agradezco muchísimo. Ya no vivo aquí, pero tranquilo que estoy muy bien.

Me fui  porque si alguien nos viera juntos volverían a tenerte miedo, así que lo mejor es que, por tu bien, yo me aleje de ti. ¡Recuerda que todos piensan que soy un ogro malísimo!

Sigue con tu nueva vida que yo buscaré mi felicidad en otras tierras. Suerte y hasta siempre. Tu amigo que te quiere y no te olvida:

El ogro azul.

El ogro rojo se quedó sin palabras. Por primera vez en muchos años la emoción le desbordó y  comprendió el verdadero significado de la amistad. El ogro azul se había comportado de manera generosa, demostrando  que siempre hay seres buenos en este planeta en quienes podemos confiar. Con los ojos llenos de lágrimas, regresó por donde había venido. Continuó siendo muy dichoso, pero  jamás olvidó que debía su felicidad al bondadoso ogro azul que tanto había hecho por él.

3.El secreto del rey Maón 

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 Al este de Irlanda, en una provincia llamada Leinster, reinaba hace muchísimos años un monarca llamado Maón. Este rey tenía una rareza que todo el mundo conocía y a la que nadie encontraba explicación: siempre llevaba una capucha que le tapaba la cabeza y sólo se dejaba cortar el pelo una vez al año. Para decidir quién tendría el honor de ser su peluquero por un día, realizaba un sorteo público entre todos sus súbditos.

Lo verdaderamente extraño de todo esto era que quien resultaba agraciado cumplía su tarea pero después jamás regresaba a su casa. Como si se lo hubiese tragado la tierra, nadie volvía a saber nada de él porque el rey Maón lo hacía desaparecer. Lógicamente, cuando la fecha de la elección se acercaba, todos los vecinos sentían que su destino dependía de un juego maldito e injusto y se echaban a temblar

Pero ¿por qué el rey hacía esto? … La razón, que nadie sabía, era que tenía unas orejas horribles, grandes y puntiagudas como las de un elfo del bosque, y no soportaba que nadie lo supiera ¡Era su secreto mejor guardado! Por eso, para asegurarse de que no se corriera la voz y se enterara todo el mundo, cada año le cortaba el pelo una persona de su reino y luego la encerraba de por vida en una mazmorra.

En cierta ocasión el desgraciado ganador del sorteo fue un joven leñador llamado Liam que, en contra de su voluntad, fue conducido hasta un lugar recóndito de palacio donde el rey le estaba esperando.

– Pasa, muchacho. Este año te toca a ti cortarme el cabello.

Liam vio cómo el rey se quitaba muy lentamente la capucha y al momento comprendió que había descubierto el famoso secreto del rey. Sintió un pánico terrible y deseos de escapar, pero no tenía otra opción que cumplir el mandato real. Asustadísimo, cogió las tijeras y empezó a recortarle las puntas y el flequillo. Cuando terminó, el rey se puso de nuevo la capucha. Liam, temiéndose lo peor, se arrodilló ante él y llorando como un chiquillo le suplicó:

– Majestad, se lo ruego, deje que me vaya! Tengo una madre anciana a la que debo cuidar. Si yo no regreso ¿quién la va a atender? ¿Quién va a trabajar para llevar el dinero a casa?

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– ¡Ya sabes que no puedo dejarte en libertad porque ahora conoces mi secreto!

– Señor, por favor ¡le juro que nunca se lo contaré a nadie! ¡Créame, soy un hombre de palabra!

Al rey le pareció un chico sincero y sintió lástima por él.

– ¡Está bien, está bien, deja de lloriquear! Esta vez voy a hacer una excepción y permitiré que te marches, pero más te vale que jamás le cuentes a nadie lo de mis orejas o no habrá lugar en el mundo donde puedas esconderte. Te aviso: iré a por ti y el castigo que recibirás será terrible ¿Entendido?

– ¡Gracias, gracias, gracias! Le prometo, majestad, que me llevaré el secreto a la tumba.

El joven campesino acababa de ser el primero en muchos años en salvar el pellejo tras haber visto las espantosas orejas del rey. Aliviado, regresó a su hogar dispuesto a retomar su tranquila vida de leñador.

Los primeros días se sintió plenamente feliz y afortunado porque el rey le había liberado, pero con el paso del tiempo empezó a encontrase mal porque le resultaba insoportable tener que guardar un secreto tan importante ¡La idea de no poder contárselo ni siquiera a su madre le torturaba! Poco a poco el secreto fue convirtiéndose  en una obsesión que ocupaba sus pensamientos las veinticuatro horas del día. Esto afectó tanto a su mente y a su cuerpo que se fue debilitando, y   se marchitó como una planta a la que nadie riega. Una mañana no pudo más y se desmayó.

Su madre llevaba una temporada viendo que a su hijo le pasaba algo raro, pero el día en que se quedó sin fuerzas y se desplomó sobre la cama, supo que había caído gravemente enfermo.   Desesperada fue a buscar al druida, el hombre más sabio de la aldea, para que le diera un remedio para sanarlo. El hombre la acompañó a la casa y vio a Liam completamente inmóvil y empapado en sudor. Enseguida tuvo muy claro el diagnóstico:

– El problema de su hijo es que guarda un secreto muy importante que no puede contar y esa responsabilidad  está acabando con su vida. Solo si se lo cuenta a alguien podrá salvarse.

La pobre mujer  se quedó sin habla ¡Jamás habría imaginado que su querido hijo estuviera tan malito por culpa de un secreto!

– Créame señora, es la única solución y debe darse prisa.

Después de decir esto, el druida se acercó al tembloroso y pálido Liam y le habló despacito al oído para que pudiera comprender bien sus palabras.

– Escúchame, muchacho, te diré lo que has de hacer si quieres ponerte bien: ponte una capa para no coger frío y ve al bosque. Una vez allí, busca el lugar donde se cruzan cuatro caminos y toma el de la derecha. Encontrarás un enorme sauce y a él le contarás el secreto. El árbol no tiene boca y no podrá contárselo a nadie, pero al menos tú te habrás librado de él de una vez por todas.

El muchacho obedeció. A pesar de que se encontraba muy débil fue al bosque, encontró el sauce y acercándose al tronco le contó en voz baja su secreto. De repente, algo cambió: desapareció la fiebre, dejó de tiritar, y recuperó el color en sus mejillas y la fuerza de sus músculos ¡Había sanado! Ocurrió que unas semanas después, un músico que buscaba madera en el bosque vio el enorme sauce y le llamó la atención.

– ¡Oh, qué árbol tan impresionante! La madera de su tronco es perfecta para fabricar un arpa… ¡Ahora mismo voy a talarlo!

Así lo hizo. Con un hacha muy afilada derribó el tronco y llevó la madera a su taller. Allí, con sus propias manos, fabricó el arpa con el sonido más hermoso del universo y después se fue a recorrer los pueblos de los alrededores para deleitar con su música a todo aquel que quisiera escucharle. Las melodías eran tan bellas que rápidamente se hizo famoso en toda la provincia. Cómo no, la destreza musical del arpista llegó a oídos del rey, quien un día le dijo a su consejero:

– Esta noche daré un banquete para quinientas personas y te ordeno que encuentres a ese músico del que todo el mundo habla. Quiero que toque el arpa después de los postres así que no hay tiempo que perder  ¡Ve a buscarlo ahora mismo! 

El consejero obedeció y el arpista se presentó ataviado con sus mejores galas ante la corte. Al finalizar la comida, el monarca le dio permiso para empezar a tocar. El músico se situó en el centro del salón, y con mucha finura posó sus manos sobre las cuerdas de su maravilloso instrumento. Pero algo inesperado sucedió: el arpa, fabricada con la madera del sauce que conocía el secreto del rey, no pudo contenerse y en vez de emitir notas musicales habló a los espectadores:

¡DOS GRANDES OREJAS TIENE EL REY MAÓN!

¡DOS GRANDES OREJAS TIENE EL REY MAÓN!

¡DOS GRANDES OREJAS TIENE EL REY MAÓN!

El rey Maón se quedó de piedra y se puso colorado como un tomate por la vergüenza tan grande que le invadió, pero al ver que nadie se reía de él, pensó ya no tenía sentido seguir ocultándose por más tiempo. Muy dignamente, como corresponde a un monarca, se levantó del trono y se quitó la capucha para que todos vieran sus feas orejas. Los quinientos invitados se pusieron en pie y agradecieron su valentía con un aplauso atronador.

El rey Maón se sintió inmensamente liberado y feliz. A partir de ese día dejó de llevar capucha y jamás volvió a castigar a nadie por cortarle el pelo.

4.El monstruo del lago 

Érase una vez una preciosa muchacha llamada Untombina, hija del rey de una tribu africana. A unos kilómetros de su hogar había un lago muy famoso en toda la comarca porque en él se escondía un terrible monstruo que, según se contaba, devoraba a todo aquel que merodeaba por allí.

Nadie, ni de día ni de noche, osaba acercarse a muchos metros a la redonda de ese lugar. Untombina, en cambio, valiente y curiosa por naturaleza, estaba deseando conocer el aspecto de ese monstruo que tanto miedo daba a la gente. Un año llegó el otoño y con él tantas lluvias, que toda la región se inundó. Muchos hogares se vinieron abajo y los cultivos fueron devorados por las aguas. La joven Untombina pensó que quizá el monstruo tendría una solución a tanta desgracia y pidió permiso a sus padres para ir a hablar con él. Aterrorizados, no sólo se negaron, sino que le prohibieron terminantemente que se alejara de la casa.

Pero no hubo manera; Utombina, además de valiente, era terca y decidida, así que reunió a todas las chicas del pueblo y juntas partieron en busca del monstruo. La hija del rey dirigió la comitiva a paso rápido, y justo cuando el sol estaba más alto en el cielo, el grupo de muchachas llegó al lago.

En apariencia todo estaba muy tranquilo y el lugar les parecía encantador. Se respiraba aire puro y el agua transparente dejaba ver el fondo de piedras y arena blanca. La caminata había sido dura y el calor intenso, así que nada les apetecía más que darse un buen chapuzón. Entre risas, se quitaron la ropa, las sandalias y las joyas, y se tiraron de cabeza.  Durante un buen rato, nadaron, bucearon y jugaron a salpicarse unas a otras. Tan entretenidas estaban que no se dieron cuenta de que el monstruo, sigilosamente, se había acercado a la orilla por otro lado y les había robado todas sus pertenencias.

Cuando la primera de las muchachas salió del agua para vestirse, no encontró su ropa y avisó a todas las demás de lo que había sucedido.  Asutadísimas comenzaron a gritar y a preguntarse qué podían hacer ¡No podían volver desnudas al pueblo!

Se acercaron al lago y, en fila, comenzaron a llamar al monstruo. Entre llantos, le rogaron que les devolviera la ropa. Todas menos Utombina, que como hija del rey, se negaba a humillarse y a suplicar nada de nada. El monstruo escuchó las peticiones y, asomando la cabeza, comenzó a escupir prendas, anillos y pulseras, que las chicas recogieron rápidamente. Devolvió todo lo que había robado excepto las cosas de la orgullosa Utombina. Las chicas querían volver, pero ella seguía negándose a implorar y se quedó inmóvil, en la orilla, mirando al lago. Su actitud consiguió enfadar al monstruo que, en un arrebato de ira, salió inesperadamente del lago y de un bocado se la tragó.

Todas las jovencitas volvieron a chillar presas del pánico y corrieron al pueblo para contar al rey lo que había sucedido. Destrozado por la pena, decidió actuar: reclutó a su ejército y lo envió al lago para acabar con el horrible ser que se había comido a su niña.

Cuando los soldados llegaron armados hasta los dientes, el monstruo  se dio cuenta de sus intenciones y se enfureció todavía más. A manotazos, empezó a atrapar hombres de dos en dos y a comérselos sin darles tiempo a huir. Uno delgaducho y muy hábil se zafó de sus garras, pero el monstruo le persiguió sin descanso hasta que, casualmente, llegó a la casa del rey. Para entonces, de tanto comer, su cuerpo se había transformado en una bola descomunal que  parecía a punto de explotar.

El monarca, muy hábil con el manejo de las armas, sospechó que su hija y los soldados todavía podrían estar vivos dentro de la enorme barriga, y sin dudarlo ni un segundo, comenzó a disparar flechas a su ombligo. Le hizo tantos agujeros que parecía un colador. Por el más grande, fueron saliendo uno a uno todos los hombres que habían sido engullidos por la fiera. La última en aparecer ante sus ojos,  sana y salva, fue su preciosa hija.

El malvado monstruo dejó de respirar y todos agradecieron a Utombina su valentía. Gracias a su orgullo y tozudez, habían conseguido acabar con él para siempre.

5.El gran susto

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Una noche de verano la pequeña Laura estaba tumbada en su camita. Hacía mucho calor, y como no era capaz de dormir, se entretenía mirando la hermosa luna llena a través de la ventana abierta, mientras pensaba:

– Es tan blanca y luminosa… ¡Parece gran un farol alumbrando al mundo!

Estaba relajada y feliz viendo el cielo cuando de repente, sobre la mesa de estudio que estaba colocada bajo la ventana, distinguió una extraña silueta a contraluz. Se fijó bien por si era una de sus muñecas, pero enseguida se dio cuenta de que no porque… ¡la silueta en cuestión empezó a moverse de un lado a otro descontroladamente!

Una horrible sensación de espanto recorrió su cuerpo de pies a cabeza y se puso a chillar.

– ¡Aghgggggh!… ¡Socorro, socorro! ¡Hay un monstruo en mi cuarto! ¡Hay un monstruo en mi cuarto!

La niña estaba fuera de sí porque creía haber visto un ser terrorífico, pero en realidad se trataba de un inofensivo ratón que se había colado en el dormitorio buscando miguitas de pan.

———-

La reacción del inocente animal al escuchar los gritos también fue de campeonato. Al primer alarido dio un bote que casi tocó el techo; inmediatamente después salió disparado a esconderse en el primer sitio que encontró, y este fue… ¡la cama de Laura! Sin saber dónde se estaba metiendo, saltó al colchón y se deslizó entre las sábanas, completamente aturdido y desorientado.

Fue entonces cuando sucedió algo inesperado que complicó aún más la situación: sin querer, su cuerpecito peludo rozó los pies de la niña y esta, al notarlo, empezó a dar berridos aún más espeluznantes.

– ¡Aghgggggh!… ¡Aghgggggh!… ¡Mamá, mamá, ayúdame! ¡Ahora el monstruo se ha metido en mi cama y quiere atacarme!

Desesperada, se levantó de un salto y corrió a acurrucarse en un rincón de la habitación.

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Como te puedes imaginar, tras el contacto con el supuesto monstruo la niña estaba aterrorizada, pero… ¿y el ratón? ¡Pues el pobre también se llevó el susto de su vida! Como nunca había visto un ser humano, cuando los pies fríos de Laura le tocaron entró en pánico. Fue entonces cuando ella se levantó de la cama para esconderse en el rincón, y él, con los pelos erizados como púas, aprovechó para escabullirse en dirección opuesta. De hecho, corrió a mil por hora hasta que, gracias a su agudo olfato, localizó el huequecito que comunicaba con su madriguera.

La mamá ratona lo vio llegar con lágrimas en los ojitos y temblando como una gelatina.

– Pero hijito, ¿qué te ocurre? ¡Ni que hubieras visto un fantasma!

El joven roedor se abrazó a ella.

– ¡Mamita, no sabes lo mal que lo he pasado! Salí a buscar algo para comer y no sé cómo acabé en un lugar donde había un monstruo enorme que no hacía más que gritar. ¡Ha sido la peor experiencia de toda mi vida!

La ratona trató de calmar a su hijo con una buena dosis de mimos. Acariciándole la cabecita, le dijo:

– Tranquilo, chiquitín, ya estás a salvo. La próxima vez tienes que tener un poquito más de cuidado para evitar meterte en situaciones desagradables, ¿de acuerdo?…

– Sí, mamá. ¡No quiero ver un monstruo de esos nunca más!

– Claro que no, hijo mío. Ven, voy a darte algo que sé que te gusta mucho para que te sientas mejor.

El ratoncito aceptó con mucho agrado la pastilla de chocolate que le regaló su madre y comenzó a roerla. Durante un ratito disfrutó como nunca el delicioso sabor a cacao azucarado que tanto le entusiasmaba. Sin darse cuenta, se fue tranquilizando y empezó a bostezar.

———-

Mientras tanto, la madre de Laura, alertada por los chillidos, había acudido corriendo al cuarto de la niña. La encontró en una esquina, sentada con la cabeza entre las piernas y tiritando de miedo.

– ¿Pero qué te pasa, cariño? ¿Qué haces ahí y por qué gritas de esa manera?

Laura se lanzó a sus brazos.

– ¡Ay, mamá, ha sucedido algo terrible! Había un monstruo en mi dormitorio y el muy desalmado se metió en mi cama porque quería atacarme… ¡Estoy muy asustada!

La mujer la apretó contra su pecho.

– Cariño, ¡los monstruos no existen! Respira hondo que ya pasó todo. Fíjate bien, ¡aquí no hay nadie!

– Pero mamá…

– Los monstruos solamente viven en los cuentos, son de mentira. Venga, vuelve a la cama que yo me quedaré contigo hasta que te duermas, ¿de acuerdo?

Laura apoyó la cabecita en la almohada y su mamá le dio un beso en la frente; después, la señora metió la mano derecha en el bolsillo de su bata.

– ¡Uy, lo que tengo aquí escondido!… ¡Como sé que te encanta, dejaré que te lo comas antes de dormir para que se te pase el disgusto!

Envuelto en un papel de color plata sacó… ¡un trocito de chocolate! La pequeña se puso contentísima porque era lo que más le gustaba en el mundo mundial. Lo pegó al paladar y lo fue saboreando muy despacio hasta que no quedó ni un poco. ¡Estaba tan delicioso!… Gracias a la compañía de su madre y al regalito sorpresa, los miedos se evaporaron como el humo y desaparecieron.

———-

Por fin el silencio se apoderó por completo del hogar, y tanto el ratón como la niña se quedaron tranquilamente dormidos, cada uno en su cuarto, cada uno en su cama, cada uno con su mamá, pero ambos con el mismo sabor a chocolate en la boquita.

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Y así, entre dulces sueños, termina este bonito cuento que, como ves, confirma algo que todos sabemos: ¡los monstruos no existen! Lo que no aclara bien es la otra cuestión: ¿quién asustó a quién?

6.El zorro inteligente

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 Cuenta la historia que un león y una leona vivían juntos en una cueva. Él era el rey de los animales y ella la reina. Además de trabajar codo con codo poniendo paz y orden entre los animales, estaban casados y se llevaban muy bien.

Un día, tras varios años de amor y convivencia, el león cambió de opinión.

– Lo siento, querida esposa, pero ya no quiero vivir contigo.

La leona no se lo esperaba y se puso muy triste.

– Pero… ¿por qué? ¿Es que ya no me quieres?

El león fue muy sincero con ella.

–  Sí, te quiero, pero te dejo porque apestas y ya no soporto más ese olor que desprendes y que atufa toda la cueva.

La pobre se disgustó muchísimo y por supuesto se sintió muy ofendida.

– ¿Qué apesto?… ¡Eso es mentira! Me lavo todos los días y cuido mi higiene para estar siempre limpia y tener el pelo brillante ¡Tú lo dices porque te has enamorado de otra leona y quieres irte a vivir con ella!

¡La pelea estaba servida! La pareja comenzó a discutir acaloradamente y ninguno daba su brazo a torcer. Pasadas dos horas la leona, cansada de reñir, le dijo a su marido:

– Como no nos ponemos de acuerdo te propongo que llamemos a tres animales y que ellos opinen si es verdad que huelo mal o es una mentira de las tuyas.

– ¡De acuerdo! ¿Te parece bien que avisemos al burro, al cerdo y al zorro?

– ¡Por mí no hay problema!

Pocos minutos después los tres animales elegidos al azar se presentaron en la cueva obedeciendo el mandato real. El león, con mucha pomposidad, les explicó el motivo de la improvisada  asamblea.

– ¡Gracias por acudir con tanta celeridad a nuestra llamada! Os hemos reunido aquí porque necesitamos vuestra opinión sincera. La reina y yo hemos nos hemos enzarzado en una discusión muy desagradable y necesitamos que vosotros decidáis quién dice la verdad.

El burro, el cerdo y el zorro ni pestañearon ¿Qué debían decidir? ¡Estaban intrigadísimos esperando a que el león se lo contara!

– Quiero que os acerquéis a mi esposa y digáis si huele bien o huele mal. Eso es todo.

Los tres animales se miraron atemorizados, pero como se trataba de una orden de los reyes, escurrir el bulto no era una opción. Alguien tenía que ser el primero y le tocó al burro. Bastante asustado, dio unos pasos hacia adelante y arrimó el hocico al cuello de la leona.

– ¡Puf! ¡Qué horror, señora, usted huele que apesta!

La leona se sintió insultada y perdió los nervios.

– ¡¿Cómo te atreves a hablarle así a tu reina?!… ¡Desde ahora mismo quedas  expulsado de estos territorios! ¡Lárgate y no vuelvas nunca más por aquí!

El borrico pagó muy cara su contestación y se fue con el rabo entre las piernas en busca de un nuevo lugar para vivir. El cerdo, viendo lo que acababa de pasarle a su compañero, pensó que jugaba con ventaja pero que aun así debía calibrar muy bien lo que debía responder. Se aproximó a la leona, la olisqueó detenidamente, y para que no le ocurriera lo mismo que al burro, dijo:

– ¡Pues a mí me parece un placer acercarme a usted  porque desprende un aroma divino!

Esta vez fue el león el que entró en cólera.

– ¡¿Estás diciendo que el que miente soy yo?!… ¡Debería darte vergüenza contradecir a tu rey! ¡Lárgate de este reino para siempre! ¡Fuera de mi vista!

El cerdo, que pensaba que tenía todas las de ganar, fracasó estrepitosamente. Al igual que el burro, tuvo que exiliarse a tierras lejanas.

¡Solo quedaba el zorro! Imagínate el dilema que tenía en ese momento el infortunado animal mientras esperaba su turno. Si decía lo mismo que el burro, la reina se enfadaría; si decía lo contrario como el cerdo, la bronca se la echaría el rey ¡Qué horrible situación! Tenía que pensar algo ingenioso cuanto antes o su destino sería el mismo que el de sus colegas.

Quieto, como si estuviera petrificado, escuchó la voz del rey león.

– Zorro, te toca a ti. Acércate a la reina y danos tu veredicto.

Al zorrito le costó moverse porque le temblaba todo el cuerpo. Tragando saliva se dirigió a donde estaba la leona y con mucho respeto la olfateó. Después, se separó y volvió a su sitio.

El rey ardía en deseos de escucharlo.

– ¿Y bien? ¡Nos tienes en ascuas!  Di lo que tengas que decir.

El zorro, tratando de aparentar tranquilidad, fingió tener un poco de tos y dijo con voz quebrada:

– Majestades, siento no poder ayudarles, pero es que a mí no me huele ni bien ni mal porque estoy constipado.

El león y la leona se miraron sorprendidos y tuvieron que admitir que no podían castigar al zorro porque su contestación no ofendía ni dejaba por mentiroso a ninguno de los dos. El rey león tomó la palabra.

– Está bien, lo entendemos. Puedes marcharte a casa.

Nadie sabe cómo acabó la historia, ni quién tenía la razón, ni si finalmente la pareja llegó a un acuerdo de separación. Lo que sí sabe todo el mundo es que el inteligente zorrito logró zafarse del castigo de los reyes gracias a su simpática ocurrencia.

7.El dragón de Wawel

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 Según cuenta una leyenda polaca, hace muchos siglos, en las tierras gobernadas por el príncipe Krakus, empezaron a suceder hechos muy extraños que nadie lograba comprender. Dice la historia que en sus dominios había una colina conocida como la colina de Wawel. Un día, sin saber por qué, comenzaron a faltar personas que vivían en los pueblos colindantes, gente que de repente un día se esfumaba y de la que nunca jamás se volvía a saber nada. Por si esto fuera poco, los pastores empezaron a notar también que, cada vez que hacían recuento de ovejas, en sus rebaños siempre faltaba alguna.

Los habitantes de la zona estaban desconcertados ¿Cómo era posible que personas y animales desaparecieran como si se los hubiese tragado la tierra? Algo iba mal, pero nadie tenía ni idea de cómo solucionar el misterio.

Un día, un muchacho que paseaba por la colina, descubrió una enorme cueva tapada por unos matorrales. Asomó la cabeza y se quedó paralizado de miedo: allí dentro dormía un dragón verde de piel brillante y tamaño descomunal .Tenía un aspecto que daba pavor y cada vez que roncaba, las paredes de la cueva vibraban como si fueran de papel.

Temblando como un flan salió pitando de allí y bajó al pueblo más cercano para avisar a todo el mundo. Después, fue al castillo para comunicárselo también al príncipe Krakus, quien consciente de la terrible amenaza  que suponía el reptil alado, mandó a los soldados más valerosos de su ejército a luchar contra él.

Un grupo enorme, armado hasta los dientes,  tomó rumbo a la colina con una única misión: ¡abatir al temible enemigo!  Pero el dragón, que ya estaba despierto, vio que el ejército se acercaba  e intuyó que iban a por él. Muy airado, salió de su guarida, cogió aire y los expulsó de allí lanzando bocanadas de fuego por su enorme boca. Los soldados salieron volando como muñecos de trapo, envueltos en una especie de huracán caliente y con el culo un poco chamuscado.

Evidentemente, la operación resultó un fracaso. El dragón era demasiado fiero, demasiado fuerte y demasiado peligroso como para acercarse. El príncipe Krakus, como último recurso, promulgó un bando real: quien consiguiera vencer al  monstruo, se casaría con lo que él más quería: su dulce hija Wanda. Una noticia de tal magnitud no tardó en extenderse como la pólvora y llegó a oídos de un joven y guapo zapatero. El muchacho, que era muy humilde pero inteligente como el que más, decidió intentarlo y elaboró un plan infalible.

¿Quieres saber qué hizo?… Consiguió la piel de un borrego, la rellenó con azufre y alquitrán, y por la noche, cuando el dragón dormía, la colocó en la entrada de la caverna. En cuanto se despertó de su profundo sueño, el animal vio la falsa oveja, se relamió y la devoró con ansia. La comió tan rápido y con tantas ganas, que al terminar sintió mucha sed y bajó al río Vístula a beber. El agua penetró a borbotones en su inmenso estómago, y al entrar en contacto con el azufre y el alquitrán que se había zampado sin darse cuenta, la tripa le explotó en mil pedazos. 

El zapatero fue aclamado como un auténtico héroe y recibió todos los honores posibles, aunque el mejor de todos los premios, fue casarse con la hermosa princesa Wanda. Dicen que fueron muy, muy  felices, durante toda la vida.

Hoy en día, en Polonia,  existe una población en torno a la colina donde vivió, hace tantos siglos, el peligroso dragón. Está considerada una de las ciudades más importantes y bellas del país y se llama Cracovia, en honor a uno de los protagonistas de esta historia: el príncipe Krakus. Si algún día vas a visitarla, podrás comprobar cómo muchos de sus habitantes todavía recuerdan esta preciosa leyenda que sus abuelos les contaron cuando eran niños y que va pasando de generación en generación.

8.El tigre y el venado blanco 

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Hace muchísimos años vivían en la selva del Amazonas un hermoso tigre negro y un primoroso venado blanco. Ninguno de los dos tenía hogar así que hacían su vida al aire libre y dormían amparados por el manto de estrellas durante la noche. Con el paso del tiempo el venado empezó a echar de menos cobijarse bajo techo y decidió construir una cabaña. Muy ilusionado con el proyecto, eligió un claro del bosque y planificó bien el trabajo.

– Mi primer objetivo será mordisquear la hierba hasta dejar el terreno bien liso ¡Sin unos buenos cimientos no hay casa que resista!

Trabajó duramente toda la jornada, y cuando vio que había cumplido su propósito, se tumbó a dormir sobre un lecho de flores. No podía imaginar que el tigre negro, también harto de vivir a la intemperie, había tenido ese día la misma idea ¡y casualmente había escogido el mismo lugar para construir su hogar!

– ¡Estoy hasta las narices de mojarme cuando llueve y de achicharrarme bajo el sol los meses de verano! Fabricaré una cabaña pequeña pero muy confortable para mi uso y disfrute ¡Va a quedar estupenda!

Llegó al claro del bosque al tiempo que salía la luna y se sorprendió al ver que en el terreno no había hierbajos.

– ¡Uy, qué raro!… Conozco bien este sitio y siempre ha estado cubierto de malas hierbas…  Ha debido ser el dios Tulpa que ha querido ayudarme y lo ha alisado para mí ¡Bueno, así lo tendré más fácil! ¡Me pondré a construir ahora mismo! Sin perder  tiempo se puso manos a la obra; cogió palos y piedras y los colocó sobre la tierra para montar un suelo firme y resistente. Cuando acabó, se dirigió al rio para darse un baño refrescante. Por la mañana, el venado volvió para continuar la tarea y ¡se quedó alucinado!

– ¡Uy! ¡¿Cómo es posible que ya esté colocado el suelo de la cabaña?!… Supongo que el dios Tulpa lo ha hecho para echarme un cable ¡Es fantástico!

Muy contento, se dedicó a arrastrar troncos para levantar las paredes de las habitaciones. Trabajó sin descanso y cuando empezó a oscurecer se fue a buscar algo para cenar ¡Quería acostarse pronto para poder madrugar! Ya entrada la noche, llegó el tigre negro. Como todos los felinos, veía muy bien en la oscuridad  y para él no suponía un problema trabajar sin luz. ¡Se quedó con la boca abierta cuando vio las paredes perfectamente erguidas sobre el suelo formando un cuadrado perfecto!

– ¡Pero qué maravilla!…  ¡El dios Tulpa ha vuelto a ayudarme y ha construido las paredes por mí! En cuanto monte el tejado, la daré por terminada.

Colocó grandes ramas de lado a lado sobre las paredes y luego las cubrió con hojas.

– ¡El tejado ya está listo y la cabaña ha quedado perfecta! En fin, creo que me he ganado un buen descanso… ¡Voy a estrenar mi nueva habitación!

Bostezando, entró en una de las dos estancias y se tumbó cómodamente hasta que le venció el sueño. Era un animal muy dormilón, así que no se enteró de la llegada del ciervo al amanecer ni pudo ver su cara de asombro cuando este vio la obra totalmente terminada.

– ¡Oh, dios Tulpa! ¡Pero qué generoso eres! ¡Has colocado el tejado durante la noche! ¡Muchas gracias, me encanta mi nueva cabaña!

Feliz como una perdiz entró en la habitación vacía y también se quedó dormido. Al mediodía el sol subió a lo más alto del cielo y despertó con sus intensos rayos de luz a los dos animales; ambos se desperezaron, salieron de su cuarto al mismo tiempo y … ¡se encontraron frente a frente!

¡El susto que se llevaron fue morrocotudo! Uno y otro se quedaron como congelados, mirándose con la cara desencajada y los pelos tiesos como escarpias ¡Al fin y al cabo eran enemigos naturales  y estaban bajo el mismo techo!

Ninguno atacó al otro; simplemente permanecieron un largo rato observándose hasta que cayeron en la cuenta de lo que había sucedido ¡Sin saberlo habían hecho la cabaña entre los dos! El venado, intentando mantener la tranquilidad, dijo al tigre negro:

– Veo que estás tan sorprendido como yo, pero ya que tenemos el mismo derecho sobre este hogar ¿qué te parece si lo compartimos?

– ¡Me parece justo y muy práctico! Si quieres cada día uno de nosotros saldrá a cazar para traer comida a casa ¿Te parece bien?

– ¡Me parece una idea fantástica! Mientras tanto, el otro puede ocuparse de hacer las faenas diarias como limpiar el polvo y barrer.

Chocaron sus patas para sellar el acuerdo y empezaron a convivir entusiasmados y llenos de buenas intenciones. Lo primero que había que hacer era conseguir comida y por sorteo le tocó salir a cazar al tigre. Regresó una hora después con una presa que al venado no le hizo nada de gracia porque era un ciervo… ¡un ciervo blanco como él!

– ¡Qué situación más desagradable, amigo tigre! Este animal es de mi misma especie y como comprenderás, no pienso probarlo.

Se fue a su habitación disgustado y no pudo pegar ojo.

– “¡Ay, qué intranquilo me siento! El tigre negro ha cazado un venado como yo… ¡Es terrible! ¿Y si un día le da por atacarme a mí?”

El pobre no consiguió conciliar el sueño en toda la noche pero se levantó al alba porque le tocaba a él salir a buscar alimento. Paseó un rato por los alrededores y se encontró con unos amigos que le ayudaron a montar una trampa para atrapar un tigre. Cuando llegó a casa con el  trofeo, su compañero se quedó sin habla y por supuesto se negó a hincarle el diente.

– ¿Pretendes que yo, que soy un tigre, me coma a otro tigre? ¡Ni en broma, soy incapaz!

Según dijo esto se fue a su cuarto con un nerviosismo que no podía controlar.

– “Este venado parece frágil pero ha sido capaz de cazar un tigre de mi tamaño ¿Y si se lanza sobre mí mientras duermo? No debo confiarme que las apariencias engañan y yo de tonto no tengo nada.”

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El silencio y la oscuridad se apoderaron del bosque. Todos los animales dormían plácidamente  menos el venado y el tigre que se pasaron la noche en vela  y en estado de alerta porque ninguno se fiaba del otro. Cuando nadie lo esperaba, en torno a las cinco de la madrugada, se oyó un ruido ensordecedor:

¡BOOOOOOOM!

Los dos estaban tan asustados y en tensión que al escuchar el estruendo salieron huyendo en direcciones opuestas, sin pararse a comprobar de dónde provenía el sonido. Tanto uno como otro pusieron pies en polvorosa pensando que su amigo quería atacarlo.

El hermoso tigre negro y el primoroso venado blanco nunca más volvieron a encontrarse porque los dos se aseguraron de irse bien lejos de su posible enemigo. El tigre trató de rehacer su vida en la zona norte, pero siempre se sentía más triste de lo normal porque echaba de menos al ciervo.

– ¡Qué pena acabar así! Lo cierto es que nos llevábamos muy bien y yo jamás le habría hecho daño pero claro… ¡no puedo decir lo mismo de él!

Por su parte, en la otra punta del bosque, en la zona sur, el venado se lamentaba sin cesar:

– ¡Qué simpático era el tigre negro! Formábamos un gran equipo y podríamos haber sido grandes amigos… Nunca le habría lastimado pero a lo mejor él a mí sí y más vale prevenir.

Y así fue cómo cada uno tuvo que volver a buscar un claro en el bosque para hacerse una nueva cabaña, eso sí, esta vez de una sola habitación.

Moraleja: Si el tigre y el venado hubieran hablado en vez de desconfiar el uno del otro, habrían descubierto que ninguno de los dos tenía nada que temer porque ambos eran de fiar y se apreciaban mutuamente. Este cuento nos enseña que nuestra mejor arma es la palabra. Decir lo que sentimos o lo que nos preocupa a nuestros amigos es lo mejor para vivir tranquilos y en confianza.

9.Las tres truchas

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 Previsora, Pensadora y Perezosa  eran tres jóvenes truchas que vivían en un enorme lago de aguas frías y cristalinas. A simple vista era casi imposible distinguirlas porque tenían el mismo tamaño e idéntica piel plateada salpicada por motitas oscuras,  pero en lo que se refiere a  carácter y forma de ser eran completamente distintas.

Previsora tenía una gran cualidad: la prudencia. Ni en ese lago ni en los arroyos cercanos existía una trucha más seria, sensata y responsable que ella. Desde bien pequeñita Previsora pensaba que para evitar los peligros era fundamental vivir siempre alerta, atenta a lo que sucedía a su alrededor. Era tan formal y precavida que el famoso refrán “Más vale prevenir que lamentar” parecía hecho a su medida.

Pensadora  tenía un carácter más alegre y una actitud positiva ante los retos de la vida. A diferencia de Previsora era un poquito alocada, pero también poseía una gran cualidad que la distinguía de sus compañeras: la capacidad de pensar. Esa virtud le proporcionaba mucha seguridad en sí misma ya que cuando se encontraba en problemas o debía resolver algún conflicto, le bastaba con pararse unos segundos a reflexionar  y tomar la decisión correcta.

Perezosa era vaga, aburrida y muy simplona, por lo que el nombre la definía perfectamente. Jamás sentía interés por nada que no fuera ella misma y solía mostrarse huraña y antipática con todo el mundo. Como le daba igual ser una ignorante malgastaba su vida vagando de un lado a otro sin nada interesante que hacer ni que aportar a su comunidad.

——

Una vez hechas las presentaciones te voy a contar lo que sucedió un cálido día de verano en el maravilloso lugar donde habitaban. Resulta que estaban las tres truchas nadando tan felices  cuando, de repente, se vieron sobresaltadas por la presencia de un hombre.  Era la primera vez que un ser tan raro y tan grande ponía un pie en ese territorio, por lo que ninguna sabía qué hacía allí ni cuáles eran sus intenciones. Ante esta  desconocida situación, cada una reaccionó de una forma particular. Previsora, según lo vio acercarse a la orilla, tuvo una fuerte sensación de peligro y se puso en tensión.

– ‘A lo mejor viene a ver el paisaje o a recoger flores,  pero por si acaso yo me largo.’

¡Ni se paró a comprobar si estaba en lo cierto! Ante la más mínima duda se sumergió y se escondió tras unas piedras del fondo para no ser descubierta. Al contrario que su compañera, Pensadora no supo intuir el peligro y sacó la cabeza del agua para observar detenidamente al humano. Se fijó en lo gigantesco que era, en su cara de mal humor y en la cesta de mimbre que colocaba sobre la hierba, pero lo cierto es que no se sintió amenazada hasta que vio que sacaba del interior una inmensa red y empezaba a desplegarla mientras miraba hacia donde ella estaba.

– ‘¡Esto no me gusta ni un poco! Me da en la nariz que este tipo es lo que nuestros abuelos llaman… ¡un pescador!’

En ese instante cayó en la cuenta de que tenía que escapar si no quería acabar en una sartén a la hora de la cena; eso sí, debía hacerlo de manera cautelosa porque al mínimo fallo, adiós muy buenas.

– ‘Estoy a punto de ser capturada, pero mi inteligencia me librará de una muerte casi segura.’

En vez de huir presa de los nervios, optó por quedarse quieta y respirar hondo para relajarse. Después, se puso a hacer lo que mejor sabía: pensar.

– ‘Creo… creo que ya tengo la solución.’

Pararse a reflexionar fue muy efectivo pues enseguida diseñó un plan para salir del  atolladero.

– ¡Está claro que lo mejor es hacerme la muerta!

Demostrando grandes dotes de actriz se colocó boca arriba con el vientre mirando al cielo, giró los ojos para ponerlos en  blanco, y estiró las aletas para parecer un animal sin vida. ¡Fingía tan bien que la verdad es que daba penita verla! Momentos después, el pescador cogió impulso para lanzar la red, pero al ir a soltarla algo le hizo cambiar de opinión.

– ¿Qué es eso que flota en la parte derecha del lago? Parece  una trucha muerta. ¡Puaj, qué asco!… Será mejor que eche la red hacia la izquierda.

En cuanto el pescador miro hacia el lado contrario, Pensadora aprovechó la oportunidad para salir pitando y camuflarse tras unas plantas acuáticas. Previsora y Pensadora lograron escapar, pero ¿qué le sucedió a Perezosa?  Como era de esperar no se preocupó por nada y siguió holgazaneando como si con ella no fuera la cosa.  Ni se imaginó el peligro, ni tomó precauciones, ni se paró a pensar en nada de nada. Inevitablemente, cayó en las redes del pescador.

Moraleja: Este antiguo cuento nos enseña que en la vida es importante ser previsores. Esto significa que si algún día sientes que algo o alguien podría hacerte daño, lo mejor es que te alejes antes de que sea demasiado tarde. Eso hizo la primera trucha y salió bien parada. Si te falla la intuición y de pronto te ves metido en un problema o situación desagradable, no desesperes y párate a pensar, porque al igual que la segunda trucha,  razonando encontrarás una buena solución.

10.La leyenda del sapo Kuartam

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 Dice una vieja historia que hace muchísimos años, en lo más profundo de la selva del Ecuador, vivía un sapo diferente a los demás sapos del mundo porque tenía una peculiaridad: si alguien le molestaba o se burlaba de él, se convertía en tigre y atacaba sin piedad. Tan solo algunos ancianos afirmaban haberlo visto cuando eran niños, así que para la mayoría de los indígenas de los poblados cercanos al Amazonas el extraño animal era como un ser de leyenda que se ocultaba en la jungla. Eso sí, sabían que existía porque a veces, amparado por la noche, cantaba a grito pelado desde su escondite:

– ¡Kuartam – tan! ¡Kuartam – tan! ¡Kuartam – tan!

Como ‘Kuartam – tan’ era lo que repetía sin cesar, con el nombre de sapo Kuartam se quedó.

Según cuentan, un joven de la tribu shuar llamado Nantu quiso salir una noche a cazar. Antes de abandonar el hogar, su esposa le advirtió:

– Ten mucho cuidado ahí fuera, y por favor, si ves al sapo Kuartam ni se te ocurra burlarte de él. ¡Ya sabes la mala fama que tiene por estos lugares!

– ¡Bah, tonterías! Estoy seguro de que eso de que se convierte en tigre es pura invención, pero ¡quédate tranquila! Te prometo que si me lo encuentro no le diré nada y pasaré de largo.

Nantu dijo esto al tiempo que mostraba una sonrisa pícara que no gustó demasiado a su mujer.

– Nantu, insisto en decirte que no seas irresponsable.

El chico guiñó un ojo y le propinó un sonoro beso en la mejilla.

– ¡Confía en mí! Y ahora me voy que se hace tarde… ¡Estaré de vuelta antes de medianoche!

Bajo la luz de la Luna el joven deambuló por la selva tropical apartando la frondosa vegetación con un afilado machete y fijándose bien por si aparecía alguna posible presa. Desgraciadamente no vio más que una serpiente y dos o tres ratones diminutos correteando de un lado para otro.

– Aquí no hay bicho que me pueda servir de comida… ¡Vaya manera de perder el tiempo!

Pasado un rato llegó a un claro y se tumbó en el suelo a descansar. Le dolían los músculos, pero sobre todo estaba aburrido de dar vueltas y vueltas sin obtener resultados.

– Como llegue a casa con las manos vacías el menú de mañana será fruta para desayunar, fruta para comer y fruta para cenar. ¡Voy a acabar odiando los cocos y las bananas!

De repente, dejó de lamentarse porque una idea de lo más divertida pasó por su cabeza.

– ‘¿Y si me burlo un poquito del famoso sapo?… ¡Voy a probar a ver qué pasa!’

Sin ningún tipo de pudor comenzó a llamar a Kuartam. Estaba convencido de que, aunque el sapo cantaba raro, no tenía poderes de ningún tipo y por tanto no había nada que temer.

– ¡Kuartam!… ¡Kuartam!

Solo escuchó el aleteo de una familia de pajaritos, así que siguió erre que erre.

– ¡Kuartam!… ¡Kuartam!…

Como allí no había ni sapo ni similar, Nantu se fue envalentonando y su voz se tornó más guasona:

– ¡Yujuuuuu!… Sapo Kuartam, ¿estas por aquí ?… ¿Es cierto que eres un sapo mágico?… ¡Si no lo veo, no lo creo!… ¡No seas cobarde y da la cara!

No obtuvo respuesta, pero Kuartam sí estaba allí, agazapado en la copa de un árbol. Por supuesto lo había escuchado todo, y llegó un momento en que se sintió tan molesto, tan enfadado, que su paciencia se agotó y sucedió lo que tenía que suceder: su cuerpo, pequeño como una naranja, empezó a crecer descomunalmente y se transformó en el de un tigre. Nantu, ajeno a todo, siguió llamando al batracio sin dejar de mofarse de él.

– Kuartam, sapo tonto… ¡Eres un gallina! ¡Clo, clo, clo! ¡Gallinita, ven aquí! ¡Clo, clo, clo!

Kuartam, antes simple sapito y ahora enorme félido, no pudo más y emitió un rugido que hizo que temblaran las nubes. Acto seguido saltó desde lo alto, abrió las fauces lo más que pudo, y se tragó de un bocado al insensato cazador.

Mientras todo esto sucedía, la esposa de Nantu aguardaba en el hogar sintiendo que la noche transcurría muy lenta. Durante horas esperó junto a la puerta el regreso de su esposo, pero al ver que no volvía se puso muy nerviosa.

– ‘¡Es rarísimo que Nantu no haya vuelto todavía!… ¿Qué le habrá pasado?… Conoce la selva como la palma de su mano y es el más ágil de la tribu… La única explicación posible es que… que… ¡se haya encontrado con el sapo Kuartam!’.

Sin pararse a pensar salió corriendo de la cabaña. Por suerte no había llovido y pudo seguir el rastro de las huellas de los pies que Nantu había dejado tras de sí.

Todo fue bien hasta que llegó a un claro en la jungla; en ese lugar, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, las pisadas se esfumaban por completo, como si a Nantu se lo hubiera tragado la tierra. La muchacha se sintió muy triste y empezó a decir en alto:

– ¿Dónde estás, amado mío, dónde estás?… ¿Debo ir hacia el norte?… ¿O mejor rumbo al sur?… ¡No sé por dónde buscarte!

En ese momento, escuchó una especie de resoplido que venía de las alturas. Miró hacia arriba y, en una gruesa rama, vio un sapo gigantesco, dormido panza arriba y tan hinchado que parecía a punto de estallar.

– ‘Ese fenómeno de la naturaleza debe ser Kuartam. ¡Apuesto a que se ha zampado a mi esposo y por eso está tan gordo!’

Efectivamente era Kuartam, que después de devorar a Nantu había vuelto a transformarse en sapo pero manteniendo unas dimensiones colosales. La chica, en un acto de auténtica valentía, cogió el hacha que llevaba colgado de la cintura y comenzó a talar el tronco. El sapo, que debía estar medio sordo, ni se enteró de su presencia y continuó roncando como si con él no fuera la cosa.

– ¡No tienes escapatoria!… ¡Acabaré contigo!

Tras mucho esfuerzo, el árbol se vino abajo y Kuartam cayó de espaldas contra el suelo. El tortazo fue tan impresionante que abrió instintivamente la boca y Nantu el cazador salió disparado como la bala de un cañón.

¡Pero eso no fue todo! Al quedarse vacío el imponente sapo empezó a desinflarse, y en un abrir y cerrar de ojos, recuperó su pequeño cuerpo de siempre. Tras la conversión se sintió muy dolorido, pero temiendo que tomaran represalias contra él, sacó fuerzas de flaqueza y dando unos brincos desapareció entre el verde follaje. Nantu, afortunadamente, seguía vivito y coleando. Su esposa le había salvado por los pelos y no podía dejar de abrazarla.

– Si sigo aquí es gracias a ti, a tu valor. Estoy avergonzado por mi comportamiento y por no haber cumplido la promesa que te hice cuando salí de casa. ¡Te ruego que me perdones!

La muchacha se dio cuenta de que Nantu estaba siendo sincero y se arrepentía de verdad, pero aun así levantó el dedo índice y le dijo muy seriamente:

– El respeto a los demás, sean personas o animales, está por encima de todas las cosas. ¡Espero que hayas aprendido la lección y jamás vuelvas a burlarte de nadie!

– Te lo prometo, mi amor, te lo prometo.

Es justo decir que Nantu cumplió su palabra y fue amable con todo el mundo el resto de su vida, pero tuvo que cargar con la pena de no poder pedir disculpas al sapo Kuartam porque sus caminos jamás volvieron a cruzarse.

 Aquí han concluido las historias, esperamos que hayas disfrutado leer de estos 10 relatos de terror para niños, ¡Muchas gracias! Te invitamos a seguirnos en nuestra Página de Facebook y Canal de Youtube, en los cuales subimos contenido de terror regularmente. Si te interesan más los temas relacionados a hechizos y conjuros, de igual forma contamos con una sección que seguramente te parecerá interesante.